ValenciaLink
La butaca que falta al norte de Valencia

La butaca que falta al norte de Valencia

ValenciaLink
5 min de lectura

Diecisiete candidaturas para construir un auditorio dicen algo más interesante que el volumen de una licitación: Benicalap lleva tiempo mereciendo una noche de música sin convertirla en una excursión. La futura sala, si se materializa como está planteada, puede cambiar tanto la agenda cultural como la rutina de un barrio.

En el solar triangular entre Pere Delmonte, Poeta Serrano Clavero y General Llorens caben, de momento, muchas cosas: coches que pasan, edificios de viviendas, el ritmo poco ceremonioso de Benicalap y la promesa de una sala donde sentarse a escuchar. Según Paco Moreno, hasta 17 empresas o agrupaciones empresariales han presentado oferta para levantar allí el futuro auditorio del barrio.

La cifra llama la atención porque no se trata de una reforma discreta ni de poner un escenario en un salón ya existente. Moreno sitúa el presupuesto de salida en 8,52 millones de euros y describe el proyecto como uno de los grandes desembolsos culturales municipales del mandato. Pero el interés de una obra así no se mide solo por su expediente: se mide por las veces que alguien decide bajar a pie a un concierto en lugar de calcular transbordos, aparcamiento o la hora de volver.

Un auditorio de barrio no sustituye a los grandes escenarios: les quita el monopolio de decidir dónde ocurre la cultura.

Benicalap no necesita parecerse al centro para tener una programación propia. Al contrario: el valor de una sala al norte está en que permita hacer planes sin que cada plan cultural empiece por cruzar media ciudad. Una butaca cercana convierte una actividad excepcional en una costumbre posible.

La distancia cultural también se cuenta en trayectos

Según Moreno, la estrategia municipal pasa por repartir equipamientos escénicos por los distintos puntos cardinales: Teatro El Musical hacia el este, La Rambleta al sur, el Palacio de Congresos en el oeste y el futuro auditorio en Benicalap para la zona norte. La lectura práctica es sencilla: Valencia no se acaba donde termina el itinerario habitual de quien sale por Ciutat Vella o l'Eixample.

Para quien vive al norte, una función entre semana nunca es únicamente una función. Es una cena adelantada, una ruta de vuelta, el cuidado de los niños, el último transporte y esa pequeña negociación doméstica que hace que se posponga el plan. Una sala próxima no borra esas cuentas, pero las reduce hasta que ir a escuchar música puede ser tan normal como quedar a tomar algo.

También cambia quién ocupa el espacio. Los grandes recintos atraen público de toda la ciudad y eso es parte de su fuerza; un equipamiento arraigado suma otra clase de presencia: familias que reconocen a alguien en el escenario, alumnado que sale de clase y vuelve otro día, vecinos que usan una sala sin tener que pedir permiso a la agenda de un festival. La proximidad no garantiza vida cultural, pero le da una puerta de entrada mucho más baja.

Una casa para una banda y un lugar para el barrio

Moreno explica que el edificio estará pensado principalmente para la actividad musical y que será sede de la Banda Sinfónica Municipal de Valencia. Una banda completa exige algo menos visible que el aplauso: sitio para ensayar, guardar instrumentos, cambiarse, moverse entre bastidores y trabajar sin improvisar cada jornada alrededor de un escenario prestado.

El proyecto, siempre según Moreno, prevé una sala para 425 personas, un escenario de 182 metros cuadrados, camerinos, archivo, aulas y dependencias administrativas. Son palabras de plano, pero describen una diferencia decisiva entre una sala que acoge actuaciones de vez en cuando y una casa donde la música puede prepararse. El ensayo, que rara vez figura en la postal cultural de una ciudad, es la parte larga de cualquier concierto.

Hay otro detalle especialmente revelador: Moreno señala que la planta baja incluirá un espacio vecinal independiente, con entrada propia, sala polivalente, despacho y servicios. La independencia importa. Si una asociación tiene que acomodarse a los horarios, accesos y silencios de un auditorio para reunirse, el local acaba siendo una concesión; si puede funcionar por sí mismo, el edificio tiene la oportunidad de pertenecer al barrio incluso en las horas sin música.

El edificio que tendrá que aprender el ritmo de la calle

Los equipamientos culturales suelen estrenarse con una pregunta equivocada: qué nombre traerán primero a su escenario. La pregunta que decide su futuro llega después, cuando ya no hay inauguración ni fotografías: si los vecinos saben qué ocurre dentro, si las entradas resultan comprensibles, si las aulas se usan, si alguien se atreve a entrar sin sentirse invitado de segunda.

Según Moreno, el proyecto incluye cuatro aulas de formación, además de espacios para archivo, gestión y uso social de las formaciones. Esa mezcla permite imaginar un edificio con distintos ritmos: la clase de tarde, el ensayo que empieza antes de la cena, una reunión vecinal, la preparación de un concierto. Cuantos más usos reales convivan sin estorbarse, menos dependerá la sala de unas pocas fechas señaladas.

La arquitectura tendrá que resolver, además, una cualidad menos vistosa: ser amable en el día a día. Un foyer puede ser una antesala luminosa o un pasillo que expulsa; una puerta puede invitar a entrar o dejar claro que aquello pertenece a otros. La programación vendrá después, pero el hábito se forma en esos primeros metros entre la acera y la taquilla.

Diecisiete ofertas y una expectativa más difícil de adjudicar

Moreno indica que las 17 candidaturas fueron admitidas tras revisarse la documentación y que la licitación debía avanzar hacia el análisis técnico y económico antes de la adjudicación. También apunta un plazo de 19 meses de obra a partir de su inicio. En un proyecto de esta escala, esos trámites importan porque determinan cuándo la promesa deja de ser una maqueta y se vuelve una obra cotidiana, con vallas, camiones y paciencia vecinal.

Conviene no confundir la competencia empresarial con una garantía automática de buen resultado. Una sala de 425 plazas puede quedarse pequeña para algunas citas y resultar inmensa para otras; puede ser una sede institucional muy eficaz o un refugio cultural de proximidad. Entre ambos extremos no decide solo el hormigón. Deciden los horarios, los precios cuando los haya, la continuidad y la capacidad de atender a quien vive a pocos minutos.

Benicalap no necesita que cada noche sea extraordinaria. Le bastaría con que la música, la formación y la vida asociativa tuvieran una dirección reconocible en el mapa, una luz encendida al caer la tarde y una agenda que no obligue a mirar siempre hacia el centro. Si el futuro auditorio consigue eso, el norte de Valencia no habrá ganado únicamente un edificio: habrá ganado una razón más para quedarse en su propio barrio.