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9.004 hectáreas entre el pinar y el ladrillo del sur de Alicante

9.004 hectáreas entre el pinar y el ladrillo del sur de Alicante

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La declaración de la Sierra de Escalona y la Dehesa de Campoamor como parque natural pone un límite sobre un paisaje que muchos conocen de pasada, camino de la costa. Su interés no está solo en las rapaces o los barrancos: habla de cómo se protege un territorio donde aún caben el monte, los pueblos y los usos cotidianos.

El pino carrasco de Sierra de Escalona no se ve desde el paseo marítimo de Campoamor, pero está mucho más cerca de la costa de lo que sugiere el mapa turístico. Según la información difundida sobre el decreto autonómico, ese monte y la Dehesa de Campoamor pasan a formar un parque natural de 9.004 hectáreas, repartido entre Orihuela, San Miguel de Salinas y Pilar de la Horadada.

La cifra tiene algo de escala y algo de aviso. No describe una isla verde sin gente alrededor, sino un territorio de barrancos, umbrías, caminos, cultivos y urbanizaciones cercanas, donde la continuidad del monte depende de que no se trocee en parcelas inconexas. Según esa misma información, el espacio se convierte en el parque natural número 23 de la Comunitat Valenciana.

Para quien vive en Valencia, el nuevo parque queda fuera de la excursión improvisada de una tarde. Aun así, cuenta una historia reconocible: en una comunidad donde la costa concentra viviendas, carreteras y temporadas enteras de visitantes, los espacios que parecen estar “detrás” de las playas suelen ser los que sostienen la vida que no aparece en la postal.

Un parque no empieza en la verja

Según la información publicada, el decreto fue aprobado el 11 de septiembre de 2026 y llega tras 19 años sin incorporar un nuevo parque natural a esta red autonómica. La relevancia de ese intervalo no está en el récord, sino en la dificultad de dar una protección de máxima categoría a un paisaje vivo, con propietarios, actividades y municipios que deben encontrar sitio dentro de unas reglas compartidas.

El perímetro del parque es solo una parte del dibujo. Según la misma fuente, el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales, conocido como PORN, abarca 18.066,22 hectáreas en Alicante. Es decir: el área sometida a ordenación llega bastante más allá de las 9.004 hectáreas de protección estricta e incluye zonas periféricas y parajes adyacentes.

Ese segundo círculo es el detalle que suele decidir si una protección sirve. Un bosque no entiende de una línea administrativa cuando un incendio avanza, cuando una pista abre un acceso o cuando una urbanización rompe el paso de animales. Según lo difundido, el PORN tiene carácter obligatorio y prevalece sobre otros instrumentos urbanísticos y territoriales; sobre el papel, esa jerarquía convierte la conservación en una condición previa, no en un adorno al final del proyecto.

La novedad no es solo sumar un nombre al mapa: es ordenar un continuo de monte y periferias en una de las zonas más tensionadas del sur alicantino.

El valor de lo que no sale en la foto

Según la descripción disponible, la masa forestal se vuelve especialmente densa en barrancos y laderas de umbría. Allí aparecen pino carrasco, madroño, coscoja, lentisco y palmito: una relación de especies mediterráneas que dice más sobre el lugar que la palabra “naturaleza”, tan cómoda y tan poco precisa.

También según esa información, la abundancia de conejo sostiene un área importante para el águila real y el águila perdicera, en particular para la dispersión de ejemplares jóvenes e inmaduros. La cadena parece humilde al empezar —matorral, refugio, conejo—, pero termina en aves cuya presencia exige territorio, alimento y una relativa tranquilidad.

El gato montés figura asimismo entre los valores faunísticos destacados en la documentación difundida. Conviene leer esa mención con la cautela que pide cualquier inventario de fauna: un animal esquivo no se convierte en espectáculo por llevar el nombre de un parque. Precisamente ahí reside parte del sentido de protegerlo. Hay paisajes cuya mejor relación con el visitante es permitir el paso atento, no prometer un avistamiento.

Proteger también es decidir qué se puede hacer

Según la información sobre la declaración, el ámbito reúne figuras previas de protección: la Sierra de Escalona y su entorno ya contaban con la categoría de paisaje protegido, y el conjunto incorpora referencias al embalse de La Pedrera, las Lagunas de Lo Monte y espacios europeos para aves y hábitats. La nueva figura no borra ese mosaico; pretende coordinarlo bajo un marco más amplio.

La elección de parque natural responde, según lo comunicado, a la voluntad de compatibilizar biodiversidad y conectividad ecológica con usos tradicionales y desarrollo rural sostenible. Esa fórmula puede sonar administrativa, pero afecta a cosas muy concretas: por dónde se transita, qué investigaciones se autorizan, cómo se ordena la visita pública y qué actividades requieren condiciones o límites.

El siguiente instrumento será, según la misma fuente, un Plan Rector de Uso y Gestión. Es el documento que deberá bajar el parque del decreto al terreno. En los parques, las grandes declaraciones importan; la experiencia diaria se juega después en señalización, mantenimiento, vigilancia, acceso y normas comprensibles. Una restricción que nadie entiende invita al conflicto; una regla clara puede cuidar el monte sin tratar a quien lo recorre como un intruso.

Una frontera que también puede ser un lugar

Orihuela, San Miguel de Salinas y Pilar de la Horadada quedan definidos, según la información publicada, como área de influencia socioeconómica del parque. Es una expresión técnica con una consecuencia sencilla: la protección no se queda dentro del pinar. Debería tener relación con los comercios, empleos, servicios y decisiones municipales de los pueblos que lo bordean.

Para los residentes, un parque bien gestionado puede ofrecer algo más útil que una etiqueta: caminos tratados con cuidado, información fiable y un argumento para defender que el interior no sea solamente la reserva de suelo que espera su próximo cambio. Para quien llega desde Valencia o desde cualquier otro punto de la Comunitat, el valor está en acercarse sin convertir cada claro en aparcamiento ni cada senda en una pista de carreras.

La costa alicantina ha enseñado durante décadas a mirar hacia el mar. Sierra de Escalona y la Dehesa de Campoamor invitan a girar la vista unos kilómetros tierra adentro, hacia la sombra de los barrancos y el matorral que sostiene a las rapaces. Si el parque logra conservar esa continuidad, no será un fondo verde para la urbanización: será un lugar con derecho a seguir siendo monte.