A las 11 de la mañana, junto a la playa de la Garrofera, todavía se percibía olor a quemado en la pinada. Un ciclista que había parado a almorzar antes de volver a casa describía la imagen con una frase sencilla: qué lástima de pinada. No hacía falta mucho más para entender la impresión que deja El Saler después del fuego: la Devesa sigue siendo playa, terrazas, bicicletas y sombra, pero ahora también es una herida que obliga a mirar despacio.
La prisa es una tentación poderosa cuando arde un lugar que todos sentimos propio. Se piden árboles, máquinas, anuncios y fechas. Sin embargo, la recuperación de la Devesa no se parece a cambiar una farola ni a reasfaltar una calle. En ese borde frágil entre ciudad, dunas, pinar y laguna, hacer algo demasiado deprisa puede ser otra manera de no mirar lo que se ha perdido.
Después del fuego, el paisaje no admite atajos
El incendio reciente habría afectado a 37 hectáreas de la Devesa, según se ha informado. La cifra cabe en un titular; recorrer el borde oscuro del pinar la vuelve menos abstracta. Allí no se ha quemado solo una masa de árboles: se ha alterado un espacio de paso, de descanso y de memoria cotidiana para media Valencia. Quien sale desde La Torre, cruza hacia El Saler o baja a la Garrofera no atraviesa un decorado, sino una pieza del paisaje que ordena la ciudad por el sur.
Los especialistas forestales consultados tras el incendio han insistido, según se ha informado, en una idea poco espectacular: antes de replantar hay que zonificar daños, retirar la madera que pueda suponer un riesgo y observar si se produce regeneración natural. Es una disciplina difícil de vender cuando el suelo negro pide una respuesta visible. Pero un monte no se recupera por la cantidad de plantones que aparecen en una foto; se recupera cuando se entiende qué ha sobrevivido, qué puede brotar y dónde conviene intervenir.
Ahí aparece la desconfianza de quienes recuerdan zonas quemadas en 2024. Desde la oposición municipal se ha denunciado que en una de ellas predominan hoy las cañas y la maleza y que faltan actuaciones de recuperación; el área municipal responsable de la Devesa-Albufera habría señalado, por su parte, que entonces se retiraron árboles con riesgo de caída y se dejó que el terreno evolucionara. Las dos versiones dibujan el problema de fondo: dejar actuar a la naturaleza no puede significar dejar de explicar qué se vigila, con qué objetivos y durante cuánto tiempo.
El arrozal también es una infraestructura
La misma discusión sobre el cuidado llega a los arrozales, aunque allí el daño no tiene el color inmediato del carbón. Un arrocero de Catarroja con campos en varios municipios del parque habría planteado abandonar la siembra si no cambian los costes y la rentabilidad. Combustible, abono, semilla y productos fitosanitarios pesan sobre una campaña que, según su testimonio, deja cada vez menos espacio para vivir de ella.
Conviene tomar esa advertencia en serio no solo por quien se levanta de madrugada para trabajar el campo. El arrozal es también la maquinaria silenciosa de la Albufera: organiza el agua, sostiene oficios, mantiene un horizonte abierto y hace inteligible el ciclo de la laguna para quien lo mira desde fuera. Cuando un agricultor deja de plantar, no desaparece únicamente una cuenta de resultados; se debilita una práctica que ha dado forma a este territorio durante generaciones.
El relevo generacional añade otra capa a esa fragilidad. El mismo agricultor, de 51 años, habría sido descrito como uno de los más jóvenes de su entorno. No es una anécdota pintoresca ni un asunto reservado a las cooperativas. Una ciudad que quiere conservar su parque natural debe preguntarse qué economía permite que siga habiendo gente capaz de conocer una acequia, decidir una siembra y mantener una parcela cuando el calendario no sale en las cuentas.
Cuidar no es prometer, sino mantener
En el tancat de la Pipa, un estudio difundido estos días indica que el humedal retiene parte de los microplásticos que llegan por el canal de Catarroja y la desembocadura del barranco del Poyo. Ese dato merece su propia lectura, que hemos desarrollado en Seis puntos de agua y un freno verde antes de la Albufera. Aquí importa otra cosa: incluso un filtro natural que funciona no sustituye la necesidad de reducir lo que se vierte aguas arriba ni de sostener los espacios que hacen de barrera.
Es una lógica que vale para todo el borde sur de Valencia. No basta con celebrar el pinar en verano, el arroz cuando amarillea o la laguna cuando ofrece una postal limpia. Mantenerlos exige trabajos que apenas se ven: seguimiento, limpieza, vigilancia, manejo del agua, decisiones técnicas y agricultores que puedan continuar. Lo invisible suele tener peor prensa que una inauguración, pero es lo que separa una restauración de un gesto.
En Poblats del Sud, esa verdad se vuelve física. El olor a humo junto a la Garrofera, la caña que ocupa una zona antigua, el agua que atraviesa un humedal y el arrozal que quizá no se plante el año próximo forman parte de la misma conversación. La Devesa no se arreglará con ansiedad, y la Albufera no se sostendrá con paciencia sin recursos. Entre ambas cosas queda la tarea menos vistosa y más urgente: no abandonar el paisaje mientras espera.



